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Voy a llegar hasta la tumba del primer hombre
y me sentaré a escuchar su testimonio.

Me dirá que vio a Dios regodearse de su obra
como se entusiasma un niño con sus pequeños triunfos
-primarios, torpes, aventureros-,
me confiará sus tristezas y sus fracasos
desde el frío de una lápida inerte y gris
-inútil fotografía del presente-.
Me hablará de su primer amor,
de sus errores,
de sus arrepentimientos,
de lo feliz que fue las pocas veces que lo fue,
de lo triste que es la vida de un sobreviviente.

Lo miraré fijo a los ojos que ya son piedra,
le besaré la boca que es una flor marchita,
lo cogeré de los hombros que son papel vencido.
Le diré que no está solo,
que yo también conocí mi ataúd
el día que empecé a vivir.