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Mi padre no tenía nombre cuando murió.
Sabía que sentía la plenaria rompiendo su costra,
casi como un jugo espeso que enardece la montura.
De nuestro aquelarre de años, de siglos.
Ese día que aquel murió, se insertó su nombre en mi espesura.
En aquel jazmín del Paraguay,
Que de casualidad floreció entero.

De un salto
Padre me recordó
rodilla derecha estrellada,
Que no debo doblegarme
Ante nadie ni nada.
Y así vuelvo, vuelvo en forma circular
A ese arroyo plateado
Sembrado en ese techo vecino
Fugazmente elegido.
Silencio de noche vieja
Tácito cáñamo
Donde mi primera palabra
Se escuchó.
Y hay algo de sueño incierto
Mientras hablo a oscuras,
Lejos de tu espejo.
Esta vigilia aviva y me pide que me quede.
Que nos cuente
Como es este rio
Que nos atraviesa a todos,
haciéndonos emerger
A lo intacto.