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Te he dado de comer en la boca con mi boca

Cuernos de gacela.
Te he besado,

nuestras lenguas deshaciéndose como almendras
en una pasta deliciosa y suave,
ablandada con la miel de mi saliva.
Suspiro sobre tu cuerpo agua de azahar,
menta fresca cuando llega la primavera,
café de arenas traídas por el viento del invierno:
suelto en tu vientre, una a una, uvas dulces,
te rasgo la carne como a un gmbri .
Vos me palmeás los muslos,

mi cuerpo es una darbuka resonando bajo tu mano abierta.

Me decís: “canela bajo el sol, tu cuerpo brilla dorado… a veces quiero guardarte en mí”.

Nos hemos dormido en la antigua Fez,
mi pelo negro rojizo se extiende hacia vos
como las cobras en Marrakech.
Vibrante el jugo de lo vivo entre los dedos,
se nos escurre la noche
la luna es una urdimbre deseante.
Nos devoramos los cuerpos con los dientes
y la punta de los dedos,
“Mientras se come no se habla”.

He saboreado la perla creciéndote en la humedad

protegida, dulce, ámbar.
Carne blanda
leche negra.

He quebrado el nácar que te envuelve,
untado mis dedos en las luces de tu piel
me he llenado las palabras del aceite de tu lengua.

Mar y salvia
nervadura y sangre.

Llenamos los espacios vacíos con grosellas,

burbujas de saliva,
Moorea.

He abierto tu tibieza de cobre en dos
disuelto la blancura que te hace,
contra el filo urgente de esta noche.